En la calle azotaba un sol abrasador, la puerta sellaba el edificio lentamente llevándolo a un mundo de sombras y gélido. Retumbó el suelo bajo su primer paso tras el cierre de aquella que a su espalda quedaba, pasaron leves instantes hasta que inspiró el aire por primera vez; el frío le iba a recorrer las fosas nasales y la garganta llenándolo de frescura, pero algo no iba bien. Si fuese una bestia el vello de la nuca se habría erizado. La adrenalina empezó su carrera a lo largo de su cuerpo, notó como cada uno de los músculos se comenzaba a tensar mientras su cerebro digería sensaciones a un ritmo implacable.
Se lanzó escaleras arriba. Tropezó en el último escalón, no se permitió caer. Sus brazos se flexionaron contra el suelo para levantarlo nuevamente. Había aprendido a costa de caerse muchas veces. Una manada enloquecida cabalgaba en los límites de su pecho. Los tramos de escaleras se le hacían interminables a pesar de pasarlos de dos pasos, se hacían infinitos. Subió y subió. Un piso. Dos. Instintivamente inspiró, allí era. Chocó contra la pared al girar el pasillo. Veía el humo. De nuevo chocó contra la puerta del final del corredor, no era su objetivo. Giró y se encaramó a la puerta. La embistió una vez. Silencio. La puerta seguía en pie. Maldijo. Llevó las manos al bolsillo y sacó las llaves. Se le cayó el resto. La costumbre le obligó a recogerlo. Buscó la cerradura con la mano e insertó la llave. Los ojos empezaban a escocer. Atrajo la puerta hacia sí mismo. La levantó. Giró la llave. Golpeó con el hombro y se precipitó al interior. Se sumió en una nube gris y un olor amargo. Un nuevo corredor. Derecha. Un nuevo pasillo. Izquierda. Cruzó una puerta. Izquierda de nuevo. Puerta cerrada. El humo era más espeso. Agarró la manecilla. Se quemó la mano. Un paso atrás. Una patada hacia delante. La cerradura saltó de su sitio. El tiempo se detuvo.
La habitación, su habitación se consumía. El fuego de la parte más alejada reía burlonamente mientras devoraba su actual presa, un armario repleto de ropa; había llegado a su corazón y las llamas besaban el techo en una orgía de rescoldos. Se había arrastrado por las cuatro paredes, engullendo lo que quería, ropa, armarios, libros...
Los caballos relincharon con fuerza. La mandíbula se cerró fuertemente. De nuevo cabalgó en aquel cielo de negrura. Notó el infierno en su piel. La silla no aguantó su envite. Astillas ardientes se clavaron en sus piernas. Saltó sobre la cama. Estiró la mano. Alcanzó un tomo ennegrecido. Los diablos le besaron la mano. Lo llevó al pecho. Ardían estaban ardiendo. Las agarró de un manotazo.
Las cenizas volaron. Sólo quedaba el recuerdo. Tosió. Le había cegado la materialidad de aquel recuerdo. Trastabilló hacia atrás. Podría ser peor, sus rodillas acariciaron el suelo. Un crujido. Un golpe seco. Un hombro sangrando. Una lámpara en el suelo. Mareo. Respiró. Maldijo. Tosió. La sequedad invadió su garganta. Gruñó. Se puso de pie. Aferraba el tomo. Su mano manchada de cenizas.
Se giró. El marco ardía. Lo tiró contra el suelo. Estalló en mil añicos. Buscó la estampa. Los cristales rasgaron sus dedos. La encontró. Negra y rojo, carbón y sangre. Tosió. Cayó de nuevo. Se apagó la respiración.
Unas voces al fondo se confundían en sus sueños, percibía como sus dedos perdían fuerza y soltaban la fotografía; en su pecho ya no quemaba el album rescatado. No lo pudo notar, pero ya no respiraba humo.
Abrió los ojos y sólo vio blanco a su alrededor; el sonido de su aliento, su compañía. Recordó lo sucedido y lo comprendió perfectamente, no necesitaba que nadie se lo dijese. Cuando el fuego se
apaga sólo deja cenizas y sólo un fuerte viento puede reavivar la llama.
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