El sonido de la guitarra llegó rebotando por las paredes del metro hasta sus oidos, la canción lo cautivó al instante y un instante se quedó quieto. Apretó con fuerza la mano derecha sólo para darse cuenta de que no tenía a nadie a quien agarrarle la mano, se le nublaron los ojos. Sus dos compañeros hablaban y reían alejándose de él sin darse cuenta de su detención, realmente parecía que nadie se había dado cuenta de ello, todos absortos en sus pensamientos rodeándolo y continuando el camino sin poder comprender la magia de la canción, el encanto del momento y el desencantamiento del oyente. Caminó unos pasos más y a la guitarra se unió una voz formando una composición que había recorrido sus oidos más de una vez. No pudo evitar la sonrisa triste que le produjo recordar los tiempos pasados en los que creía en la sinceridad, en el amor y en la sinceridad del amor.
Apretó la mandíbula y apuró el paso. Por encima de la música resonaba el ruido de sus tacones al golpear con saña las baldosas. La sonrisa de su cara, aunque había sido triste, se tornaba en una gris máscara de facciones férreas que marcaban una mirada fría. No podía ni sonreir de tristeza recordando que ella le había enseñado a detestarla, más allá del odio, casi tan doloroso como la indiferencia, tan profundo como el amor.
London, Picadilly Line
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