Es una sensación bien conocida. La sientes todos los días mientras estás encima de la cinta haciendo kilómetros o en las últimas repeticiones de las series. Ahora todo ocurre de otra forma, sentado en tu escritorio, el monitor observándote frente a ti, toda la gente que te rodea y tu corazón palpita como un purasangre en la llanura. Sientes rabia, frustración, tristeza, ganas de salir corriendo... pero no puedes, observas a tu alrededor, lo que está escrito en esa pantalla fosforescente y luchas por no salir corriendo. Te levantas torpemente y casi en un murmullo indicas que necesitas salir, trastabillas en tu lenta huida. Cruzas las puertas en silencio. Subes las escaleras en silencio. Te sientas e inhalas aire, todo tu ser se llena de aire, pero sigue el velódromo de tu pecho en acción.
Poco a poco te calmas, pero sigue ese pinchazo en la zona izquierda.
Bajas las escaleras despacio, cruzas la puerta en silencio. Te enfrentas de nuevo a la gente que te rodea, al monitor que te observa y a ese escritorio que te aguarda.
Nada se encuentra en dónde debería estarlo.
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